Fundación o sociedad anónima: sepa las diferencias y qué le conviene  por Ramsés Owens, Abogado en Panamá
13 dE noviembre dEl 2016

Fundación o sociedad anónima: sepa las diferencias y qué le conviene

¿Una Fundación o una Sociedad Anónima? Estoy seguro que muchos nos hemos hecho esta pregunta más de una vez. Los motivos son diversos; cuando se piensa en la protección de nuestros bienes personales, los de nuestra familia, la educación de los hijos, inversiones a largo plazo, desarrollo de ideas de negocio, en fin, en cada momento que analizamos las ventajas que nos podría brindar contar con una persona jurídica para poner en marcha nuestras ideas y proteger nuestro patrimonio.

Para que puedan tomar una decisión acertada, este pequeño artículo pretende presentarles algunas características relevantes sobre estas dos entidades, cuyos propósitos son distintos conforme su naturaleza, junto a algunos consejos prácticos sobre la utilización de cada una.

En el caso de las sociedades anónimas, éstas se encuentran reguladas por la Ley 32 de 26 de febrero de 1927, y las mismas son entidades diseñadas con el propósito fundamental de realizar operaciones comerciales, es decir, han sido concebidas para el desarrollo de negocios de venta, manufactura, exportación, distribución, prestación de servicios, entre muchos otros, tanto dentro de Panamá como en el extranjero.

Sobre este punto debemos anotar que la vocación de entidad mercantil de las sociedades anónimas panameñas se encuentra recogida de forma expresa en el artículo 19 de la citada Ley 32, al indicar en su parte final sobre las facultades de la sociedad anónima: “y en general, la de hacer cualquier negocio lícito aunque no sea semejante a ninguno de los objetos especificados en el pacto social o en sus reformas”

Las sociedades suelen ser usadas entonces para establecer cualquier tipo de negocio, sea que tenga un único accionista o varios, lo que la constituye en un instrumento perfecto para estos fines.

Por el contrario, al hablar comúnmente de las fundaciones, nos referimos a las fundaciones de interés privado creadas más recientemente a través de la Ley 25 de 12 de junio de 1995. Conforme el artículo primero de esta Ley, para la existencia de una fundación se requiere la constitución de un patrimonio destinado exclusivamente a los objetivos o fines expresamente establecidos en el acta fundacional, documento que da vida a este tipo de entidades.

Se trata, como queda anotado, de la conformación de un patrimonio autónomo con el propósito de servir como instrumento de protección de nuestros activos y de planificación hereditaria.

Comúnmente las fundaciones se constituyen con la finalidad servir de sostén patrimonial de una persona o una familia, al colocarla como propietaria de sus activos, como accionista, cuota-habiente y participante de los negocios que desarrollan, así como para ser receptora de los dividendos y ganancias de los negocios que emprendan. De forma paralela, las fundaciones de interés privado sirven para estructurar la correcta sucesión patrimonial en favor de los beneficiarios de quienes la constituyen.

De lo anotado previamente podemos llegar a la conclusión que el elemento principal para adoptar una decisión acertada al constituir una entidad, sea sociedad o fundación, es estar claro en el propósito que le vamos a dar a la misma. Si el propósito que perseguimos con esta nueva entidad que estamos ideando es el hacer negocios, lo conveniente es constituir una sociedad, pero si por el contrario nuestro principal interés es la protección de nuestros bienes más preciados o planificar nuestro futuro y el de nuestros hijos, la fundación sería una decisión más apropiada.

De manera práctica, lo recomendable sería contar con las sociedades anónimas que se necesiten para la operación de nuestros negocios y contar con una fundación de interés privado que sea accionistas de éstas sociedades y propietaria de nuestros activos más preciados, como propiedades inmobiliarias (casas, apartamentos, terrenos), depósitos a plazo fijo, cuentas de ahorro, obras de arte, bonos, etc. El hecho de no haber incluido vehículos, botes y aviones en la lista anterior no es casualidad, ya que no es recomendable colocar estos bienes a nombre de la fundación por ser bienes que con su uso pueden generar obligaciones para la misma, como en el caso de un accidente donde haya que indemnizar a terceros.

Una vez los bienes estén a nombre de la fundación, su creador puede establecer como desea entregar éstos bienes a sus beneficiarios después de su muerte, colocando las reglas de reparto que desee, al igual que las condiciones que a bien tenga.

En relación a la gestión de éstas entidades, es importante anotar que tanto las fundaciones de interés privado como las sociedades anónimas actúan a través de sus cuerpos directivos; Junta Directiva, en el caso de las primeras, y Consejo Fundacional, en el caso de las segundas, los cuales pueden ser entes muy similares, lo que permite que tengan una administración bastante parecida.

Ahora bien, para finalizar es importante aclarar que las sociedades anónimas emiten acciones, que son títulos que representan el porcentaje de participación o propiedad que una persona posee en una sociedad, y por el contrario, en el caso de las fundaciones no se emiten acciones, sino un documento privado llamado reglamento, en el cual se suele indicar que el beneficiario principal de todos los bienes de la fundación es quien la mandó a constituir, y que a su muerte o incapacidad, los nuevos beneficiarios (secundarios), lo serán las personas que éste mismo determine.

En la mayoría de los casos, sea cual sea nuestra elección final, el constituir una entidad para el manejo y protección de nuestros negocios o de nuestros activos familiares, resulta ser una decisión optima, ya que provee una protección adicional y un sinnúmero de beneficios que pueden ser objeto de otro artículo. Lo que sí es sumamente importante, es buscar la asesoría de profesionales con conocimiento y experiencia en estos temas para tomar la mejor decisión.

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